miércoles, 21 de enero de 2026

FÁBRICA DE DELITOS EN TAMAULIPAS y el silencio que la sostiene

 

Varias personas actualmente se encuentran pagando una pena en un reclusorio por  delitos que no cometieron, lo único que hicieron fue denunciar las atrocidades que estaba cometiendo el grupo delictivo de la columna armada. 

🖋️ POR: Néstor Troncoso

Hay momentos en que una región deja de parecer un territorio y se convierte en un síntoma. Tamaulipas, en ciertos rincones como el municipio de Hidalgo, ya no describe una geografía sino una maquinaria: engranes de miedo, operadores jurídicos disciplinados por la conveniencia, y una narrativa oficial que prefiere mirar hacia otro lado. En ese paisaje, la llamada columna armada funciona no solo como un grupo delictivo, sino como una estructura paralela de gobierno, justicia y castigo.

Diversas voces señalan que este grupo mantiene órdenes de aprehensión tanto del fuero común como del federal, y sin embargo opera con una libertad que muchos interpretan como impunidad. Algunas personas atribuyen esta situación a la protección política que, según señalamientos públicos, habría permitido su expansión y su blindaje. No es un secreto que en Tamaulipas abundan historias donde denunciar equivale a firmar una sentencia: destierro, despojo o muerte. En ese contexto, el silencio no es cobardía, es supervivencia.

⚖️ LA LEY TORCIDA COMO HERRAMIENTA DE PODER. 

En este ecosistema, los abogados vinculados al grupo delictivo —según múltiples testimonios locales— han aprendido a convertir la ley en plastilina. No la interpretan: la moldean. No la aplican: la negocian. Y en esa negociación entran jueces, ministerios públicos y policías de investigación que, de acuerdo con denuncias ciudadanas, participan en la manipulación de carpetas, la siembra de pruebas y la fabricación de delitos a la carta.

La figura del juez de control, que debería ser un contrapeso, aparece en estas narrativas como un engrane más. Algunos sectores críticos sostienen que ciertos jueces actúan con respaldo político, lo que les permite operar con una audacia que en cualquier otro contexto sería impensable: fotografías con actores delictivos, resoluciones que desafían la lógica jurídica y una aparente inmunidad ante cualquier señalamiento.

👥 TESTIGOS AL AZAR, CULPABLES PREDETERMINADOS.

El mecanismo es perverso por su sencillez. En municipios donde la columna armada ejerce control territorial, los testigos no se buscan: se seleccionan. Personas comunes, sin relación con los hechos, son obligadas —según denuncias locales— a declarar, señalar y sostener versiones prefabricadas. La justicia se convierte así en teatro, y el juicio en una representación donde el veredicto ya está escrito.

El resultado es devastador: hombres y mujeres pagando condenas por delitos que no cometieron, mientras los verdaderos responsables continúan operando. Homicidios, secuestros, desapariciones… imputados a quien convenga, no a quien corresponda. La tragedia no es solo jurídica: es humana, histórica y comunitaria.

🏛️ LA PREGUNTA QUE QUEDA SUSPENDIDA

La presidenta del Supremo Tribunal de Justicia de Tamaulipas ha impulsado sanciones más severas contra quienes mientan ante una autoridad. Una medida que, en teoría, debería fortalecer la integridad del sistema. Sin embargo, en la percepción de muchos ciudadanos, estas sanciones no parecen aplicarse cuando los falsos testimonios benefician a la columna armada.

¿POR QUE?  

La pregunta flota, incómoda, como un espejo que nadie quiere mirar. Y quizá ahí reside el verdadero problema: en Tamaulipas hay verdades que no se niegan… simplemente no se pronuncian. Américo Villarreal ha puesto sus servicios un sistema corrompido para torcer la ley a su conveniencia, otorgando el nombramiento de un nuevo fiscal carnal y de una magistrada que, desde sus inicios, ha sido señalada por sus vínculos con la columna armada.


domingo, 11 de enero de 2026

OCTAVIO LEAL MONCADA, el hombre que gobierna desde el abismo

NO ES UN SIMPLE DELINCUENTE, es alguien que gobierna desde la oscuridad. 

La noche del 29 de noviembre, cuando un magistrado revocó el auto de formal prisión que mantenía a Octavio Leal Moncada en una celda, no solo recuperó la libertad un hombre. Volvió a caminar —o a arrastrarse, según quienes lo han visto últimamente apoyado en un andador— una figura que ha construido su poder desde un lugar más profundo que la política: desde la oscuridad de su propia mente.

Un origen que se esconde porque revela demasiado

De los primeros años de Leal Moncada apenas quedan fragmentos. Un arresto en 1989, acusaciones de tráfico de marihuana y armas, una confesión que él atribuyó a torturas, un paso por Topo Chico.  

Después, silencio.  

Y luego, de pronto, la reaparición de un hombre que ya no era un ciudadano más, sino el dirigente de la Columna Cívica “Pedro J. Méndez”, un grupo cuya influencia territorial y vínculos con estructuras criminales han sido señalados por diversas autoridades.

Pero más allá de los hechos, lo que inquieta es la transformación interna que parece haber ocurrido en ese periodo de sombras.

Un narcisismo que no busca admiración, sino sometimiento

Quienes lo han tratado describen una personalidad dominada por un narcisismo que no necesita aplausos: necesita obediencia.  

No busca ser querido. Busca ser temido.  

No necesita seguidores. Necesita súbditos.

Su mirada —dicen— no observa: evalúa.  

Su silencio no es introspección: es cálculo.  

Su presencia no llena un espacio: lo ocupa, lo invade, lo reclama.

En él no hay rastros de culpa, ni de remordimiento, ni de empatía.  

Solo una convicción férrea: el poder es un derecho natural del más fuerte.


El camaleón que cambia de color para seguir devorando

Su habilidad política no proviene de la ideología, sino de la astucia.  

En 2016 apoyó al PAN.  

En 2018-2022 se volcó hacia Morena.  

En ambos casos, su estructura territorial fue decisiva.

No se trataba de convicciones.  

Era supervivencia.  

Era la lógica del depredador que cambia de piel para seguir cazando.

El miedo como método

Diversas fuentes señalan que, bajo la administración estatal actual, su influencia alcanzó niveles inéditos.  

No solo en lo electoral, sino en la operación cotidiana del territorio.  

Policías, guardias, funcionarios… todos parecen moverse con una cautela que revela la existencia de un poder que no necesita uniforme ni cargo.

Mientras tanto, en Estados Unidos su nombre aparece en investigaciones por delincuencia organizada.  

En México, las órdenes de aprehensión parecen esperar un momento que nunca llega.

La crueldad como lenguaje

Los testimonios más duros no provienen de enemigos, sino de quienes alguna vez estuvieron cerca de él.  

Familiares, antiguos aliados, ejidatarios desplazados.  

Todos coinciden en un punto: su capacidad para la crueldad. Relatan venganzas contra su propia sangre, castigos ejemplares, traiciones frías.  Dicen que no perdona, no olvida y no duda.  

Que su forma de ejercer el poder no es política: es visceral. “Si no le importa su familia, mucho menos otras personas”, murmuran quienes huyeron de sus tierras.

El hombre que teme a la muerte más que a la ley

Y sin embargo, detrás de esa figura que parece hecha de acero, hay algo que lo delata: el miedo.

No el miedo a la cárcel.  

No el miedo al enemigo.  

No el miedo al juicio.

Más bien se trata del miedo a morir.

Quienes lo han visto recientemente lo describen avanzando con dificultad, apoyado en un andador, arrastrando el cuerpo como si cada paso fuera una negociación con su propia fragilidad.  

Dicen que se aferra a la vida con la misma ferocidad con la que se aferra al poder.  

Que prefiere arrastrarse antes que entregarse.  

Que teme más a la muerte que a cualquier tribunal.

Ese temor íntimo, casi infantil, contrasta con la brutalidad de sus actos.  

Es el reverso de su narcisismo:  

el hombre que exige obediencia absoluta porque, en el fondo, sabe que su cuerpo ya no le obedece a él.

El retrato final

Octavio Leal Moncada no es solo un líder señalado por múltiples versiones y acusaciones.  

Es un personaje que parece haber construido su poder desde un vacío interior, desde una herida que nunca cicatrizó, desde un miedo que lo persigue incluso cuando todos los demás le temen a él.

Su historia es la de un hombre que convirtió el territorio en un espejo de su propia mente:  

un lugar donde la fuerza sustituye a la ley, donde el silencio vale más que la verdad, donde el miedo es la única moneda válida.

Y mientras siga caminando —aunque sea apoyado en un andador— su sombra seguirá proyectándose sobre Tamaulipas como un recordatorio de que, a veces, el poder no nace de la grandeza, sino del abismo.


miércoles, 7 de enero de 2026

DESAPARICIÓN COMO POLÍTICA DEL ESTADO MEXICANO

México y la desaparición como política de Estado: cuando el silencio se administra

Por Néstor Troncoso González

En México, la desaparición ya no es solo un crimen: es un lenguaje. Un lenguaje oscuro que el Estado ha aprendido a modular, a suavizar, a maquillar. Un lenguaje que convierte la ausencia en trámite, el dolor en estadística y la búsqueda en sospecha. Hoy, bajo la administración de Claudia Sheinbaum, asistimos a una mutación inquietante: la desaparición ya no se combate, se administra. Y en esa administración, el Estado ha encontrado una forma más sofisticada de impunidad.


SE MAQUILLAN LAS CIFRAS DE DESAPARECIDOS

La nueva estrategia gubernamental presume una baja en las cifras. Pero la pregunta ética —la única que importa— es otra: ¿baja de cuerpos o baja de nombres? Porque cuando un país decide que la verdad puede ajustarse con nomenclaturas, deja de buscar personas y empieza a buscar excusas.

La reclasificación de “desaparecido” a “no localizado” es más que un tecnicismo. Es un acto filosófico: una operación sobre el ser. El Estado decide que alguien deja de ser víctima porque así lo dicta un formulario. Decide que la violencia se evapora porque un burócrata cambió una casilla. Decide que la realidad es negociable. Y cuando la realidad se vuelve negociable, la justicia se vuelve imposible.

Los colectivos lo han dicho con una claridad que desarma: no están encontrando personas; están encontrando pretextos. Y en esa frase se condensa la tragedia de un país que ha confundido la verdad con la contabilidad.

Mientras tanto, quienes buscan —las madres, los hermanos, los hijos— siguen excavando con las manos, con la intuición, con la memoria. Y quienes deberían acompañarlos —policías, peritos, agentes— trabajan en condiciones que rozan lo inhumano: sin gasolina, sin reactivos, sin equipo, sin respaldo. La búsqueda se ha vuelto un acto de autofinanciamiento moral. El Estado exige heroísmo a quienes no les da ni siquiera herramientas.

La pregunta que flota, inevitable, es la que nadie en el poder quiere responder: ¿dónde está el dinero? ¿En qué rincón de la burocracia se extravió el presupuesto que debía sostener la búsqueda, la ciencia forense, la investigación? ¿En qué oficina se diluyó la responsabilidad? ¿En qué discurso se escondió la verdad?

Porque mientras el gobierno celebra “localizaciones” basadas en cruces de datos —una vacuna, un trámite bancario, un registro fiscal—, los servicios forenses acumulan más de 52,000 cuerpos sin nombre. Es una paradoja cruel: el Estado presume vivos que no ha visto, mientras ignora muertos que no quiere reconocer.

La desaparición, en México, se ha vuelto un espejo. Un espejo que devuelve la imagen de un país que teme mirar su propio abismo. Un país que prefiere ajustar cifras antes que ajustar conciencias. Un país que ha aprendido a convivir con la ausencia como si fuera un clima, un paisaje, una costumbre.

Pero la filosofía —esa vieja disciplina que nos enseña a mirar lo que duele— nos recuerda algo esencial: lo que se nombra existe, y lo que se borra también grita. Cada nombre reclasificado es una vida que el Estado intenta desplazar hacia la penumbra. Cada cifra maquillada es un acto de violencia simbólica. Cada expediente que cambia de categoría es una forma de decirle a una madre que su hijo no merece la verdad.

La búsqueda, entonces, se convierte en un acto de resistencia ontológica. Buscar es afirmar que alguien existió, que alguien importa, que alguien no puede ser reducido a un algoritmo. Buscar es sostener la humanidad frente a un Estado que la diluye. Buscar es, en última instancia, un gesto de amor más fuerte que la estadística.

Por eso este editorial no es solo una denuncia. Es un recordatorio: la verdad no se negocia. La justicia no se maquilla. La memoria no se reclasifica. Y ningún gobierno, por poderoso que sea, puede convertir la ausencia en un trámite sin que la historia lo juzgue.

Porque un país que maquilla a sus desaparecidos está, en realidad, maquillando su propia vergüenza.



lunes, 5 de enero de 2026

LA HERENCIA CRIMINAL EN TAMAULIPAS


 EL PACTO DE LOS ABRAZOS: La Herencia Criminal que el PAN Sembró y MORENA Cosechó

Por: Néstor Troncoso 

Tamaulipas, México. — La narrativa oficial intenta vender una ruptura histórica, pero los expedientes y la memoria de los pueblos cuentan una historia distinta: la de una simbiosis criminal que no entiende de colores partidistas. Antes de que la "Cuarta Transformación" acuñara la polémica frase de "abrazos, no balazos", el Partido Acción Nacional (PAN), de la mano de Francisco Javier García Cabeza de Vaca, ya repartía complicidades con grupos delictivos en el noreste mexicano.

La Columna Armada: El fiel de la balanza criminal

Para los habitantes de Tamaulipas, el nombre de la Columna Armada y su líder, Octavio Leal Moncada, no representan una organización de autodefensa, sino un brazo político-delictivo con órdenes de aprehensión vigentes que ha operado impunemente durante décadas.

La relación más cruda se consolidó en 2016. En aquel entonces, la maquinaria de este grupo se volcó para favorecer la campaña de Cabeza de Vaca hacia la gubernatura. El pacto fue de sangre y control territorial. Hasta 2018, la luna de miel entre el panismo y el grupo armado permitió atrocidades de impacto internacional, como el secuestro y asedio de la comunidad del Ejido Buenavista.

Bajo las órdenes del entonces gobernador, su "empleado" y fiscal, Irving Barrios Mojica, se dedicó a criminalizar a quienes resistían el despojo de sus tierras, emitiendo órdenes de aprehensión contra campesinos mientras protegía los intereses de la organización criminal.

La Traición y el Trasvase de Votos a MORENA

Sin embargo, la lealtad en el hampa es efímera. En 2018, la naturaleza de Leal Moncada —marcada por la codicia y el desprecio hacia la base social que utiliza— provocó un quiebre con César Verástegui Ostos y el grupo cabecista. Fue entonces cuando los intereses de la Columna Armada viraron hacia MORENA.

Solo cuando el grupo criminal comenzó a reunirse con militantes guindas, la Fiscalía local "descubrió" de manera real las investigaciones por tráfico de armas y otros delitos. Esta selectividad de la justicia demuestra que el grupo delictivo no solo opera el crimen, sino que controla la política de la región:

  En 2016: Operaron los votos para que el PAN llegara a la gubernatura.

  En 2022: Entregaron esos mismos votos a MORENA.


       Una Democracia Teñida de Sangre

Estos votos no son ciudadanos; son votos que arrastran el peso del despojo de tierras, secuestros, desapariciones, tráfico de migrantes y narcotráfico.

 La realidad es demoledora: el PAN no puede ostentarse como una oposición moral en México cuando ellos mismos pavimentaron el camino operando de la mano de estos grupos.

Posteriormente, el partido en el poder actual simplemente refinó las alianzas y pactos con diferentes cárteles, una estrategia que ha disparado las cifras de violencia a niveles alarmantes.

        La Política del Maquillaje y el Olvido

Tanto en el periodo "neoliberal" del PRIAN como en el actual gobierno, la solución no ha sido la justicia, sino el maquillaje de cifras y la persecución de periodistas y defensores de derechos humanos que se atreven a señalar estas conexiones.

Inicialmente Francisco Javier García cabeza de Vaca daba todo por la columna armada, los defendía y se solidarizaba con ellos, obviamente todo esto fue a cambio de votos para lograr la gobernatura de Tamaulipas. 

Los "abrazos" a la delincuencia no nacieron en este sexenio. Francisco Javier García Cabeza de Vaca y sus aliados panistas ya posaban en fotos oficiales y de campaña con miembros de grupos delictivos mucho antes de que la retórica oficial cambiara.

 Hoy, el ciudadano mexicano queda atrapado en medio de una alternancia que solo cambia de verdugo, pero mantiene el mismo sistema de impunidad.

Nota del Editor: Este análisis se basa en el seguimiento de las operaciones políticas de la Columna Armada en Tamaulipas y los registros de violencia rural en la región.


LOS GOBERNADORES DE TAMAULIPAS