NO ES UN SIMPLE DELINCUENTE, es alguien que gobierna desde la oscuridad.
Un origen que se esconde porque revela demasiado
De los primeros años de Leal Moncada apenas quedan fragmentos. Un arresto en 1989, acusaciones de tráfico de marihuana y armas, una confesión que él atribuyó a torturas, un paso por Topo Chico.
Después, silencio.
Y luego, de pronto, la reaparición de un hombre que ya no era un ciudadano más, sino el dirigente de la Columna Cívica “Pedro J. Méndez”, un grupo cuya influencia territorial y vínculos con estructuras criminales han sido señalados por diversas autoridades.
Pero más allá de los hechos, lo que inquieta es la transformación interna que parece haber ocurrido en ese periodo de sombras.
Un narcisismo que no busca admiración, sino sometimiento
Quienes lo han tratado describen una personalidad dominada por un narcisismo que no necesita aplausos: necesita obediencia.
No busca ser querido. Busca ser temido.
No necesita seguidores. Necesita súbditos.
Su mirada —dicen— no observa: evalúa.
Su silencio no es introspección: es cálculo.
Su presencia no llena un espacio: lo ocupa, lo invade, lo reclama.
En él no hay rastros de culpa, ni de remordimiento, ni de empatía.
Solo una convicción férrea: el poder es un derecho natural del más fuerte.
El camaleón que cambia de color para seguir devorando
Su habilidad política no proviene de la ideología, sino de la astucia.
En 2016 apoyó al PAN.
En 2018-2022 se volcó hacia Morena.
En ambos casos, su estructura territorial fue decisiva.
No se trataba de convicciones.
Era supervivencia.
Era la lógica del depredador que cambia de piel para seguir cazando.
El miedo como método
Diversas fuentes señalan que, bajo la administración estatal actual, su influencia alcanzó niveles inéditos.
No solo en lo electoral, sino en la operación cotidiana del territorio.
Policías, guardias, funcionarios… todos parecen moverse con una cautela que revela la existencia de un poder que no necesita uniforme ni cargo.
Mientras tanto, en Estados Unidos su nombre aparece en investigaciones por delincuencia organizada.
En México, las órdenes de aprehensión parecen esperar un momento que nunca llega.
La crueldad como lenguaje
Los testimonios más duros no provienen de enemigos, sino de quienes alguna vez estuvieron cerca de él.
Familiares, antiguos aliados, ejidatarios desplazados.
Todos coinciden en un punto: su capacidad para la crueldad. Relatan venganzas contra su propia sangre, castigos ejemplares, traiciones frías. Dicen que no perdona, no olvida y no duda.
Que su forma de ejercer el poder no es política: es visceral. “Si no le importa su familia, mucho menos otras personas”, murmuran quienes huyeron de sus tierras.
El hombre que teme a la muerte más que a la ley
Y sin embargo, detrás de esa figura que parece hecha de acero, hay algo que lo delata: el miedo.
No el miedo a la cárcel.
No el miedo al enemigo.
No el miedo al juicio.
Más bien se trata del miedo a morir.
Quienes lo han visto recientemente lo describen avanzando con dificultad, apoyado en un andador, arrastrando el cuerpo como si cada paso fuera una negociación con su propia fragilidad.
Dicen que se aferra a la vida con la misma ferocidad con la que se aferra al poder.
Que prefiere arrastrarse antes que entregarse.
Que teme más a la muerte que a cualquier tribunal.
Ese temor íntimo, casi infantil, contrasta con la brutalidad de sus actos.
Es el reverso de su narcisismo:
el hombre que exige obediencia absoluta porque, en el fondo, sabe que su cuerpo ya no le obedece a él.
El retrato final
Octavio Leal Moncada no es solo un líder señalado por múltiples versiones y acusaciones.
Es un personaje que parece haber construido su poder desde un vacío interior, desde una herida que nunca cicatrizó, desde un miedo que lo persigue incluso cuando todos los demás le temen a él.
Su historia es la de un hombre que convirtió el territorio en un espejo de su propia mente:
un lugar donde la fuerza sustituye a la ley, donde el silencio vale más que la verdad, donde el miedo es la única moneda válida.
Y mientras siga caminando —aunque sea apoyado en un andador— su sombra seguirá proyectándose sobre Tamaulipas como un recordatorio de que, a veces, el poder no nace de la grandeza, sino del abismo.
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